Imaginación y Casualidades.

«El número de sucesos reales es infinitamente menor que el número de sucesos probables, que es infinitamente menor que el número de sucesos posibles, que es infinitamente menor que el número de sucesos imaginables.»  Jorge Wagensberg (A más cómos, menos por qué). El arte es la práctica que, en comparación con todo lo demás, es capaz de crear más sucesos imaginables, de hecho, esa es una de sus condiciones.

Los sucesos imaginables pueden estar revestidos de halos maravillosos, realmente poco me importa que ciertas cosas no sean «reales» si las he podido imaginar. Prefiero la belleza de una casualidad que la crudeza de un hecho. Practico ciertos rituales no por una creencia en ellos sino por la belleza estética que me generan (como lanzar sal por encima de mi hombro cuando se riega en la mesa). De esa misma manera las casualidades en mi película me interesan más como hechos poéticos que como realidades cósmicas. A veces las casualidades son sucesos imaginados enteramente por mi (ya que sin mi imaginación no existirían) y otras son simplemente hechos que la realidad ha imaginado (cómo si fuese un demiurgo, un ente pensante guionizando los pasos de sus actores [nosotros]).

Durante el proceso la película me ha dejado más de una casualidad. La más potente y principal:

¿Cúanta gente quedó enterrada?

Al tercer día el gobierno ordenó que se detuvieran las recuperaciones de cadáveres, el sol que en los días siguientes apareció estaba empezando a secar el lodo y había muchos heridos enterrados que necesitaban ser rescatados y se estaba perdiendo tiempo y manos en cosas que no eran prioritarias, pero eso significaba que muchos cadáveres iban a quedar ahí dentro, en el lodo seco, sin ser recuperados nunca, ya que más tarde se haría una ley antiexpolio que prohibiría cualquier excavación, así que esos miles de cadáveres jamás serían recuperados, la gente que quedó allí dentro jamás fue reconocida por nadie; quién sabe cuánto tiempo pasó antes que sus familiares aceptaran que estaban muertos esos muertos, que no eran desaparecidos, que no eran amnésicos y no estaban viviendo como indigentes en alguna de las decenas de ciudades colombianas hasta donde llegaron los damnificados, transportados como heridos o deambulando sin rumbo alguno, como a lo largo de la historia han hecho los desplazados, deambulando como fantasmas de una ciudad fantasma, desplazados definitivos,  y  entonces los suyos dejaron de buscarlos.

Como la gente de esta foto, armeritas anónimos. Esta foto fue tomada unos días después de la avalancha. Todos están de espaldas.

Diáspora de armeritas días después de la avalnacha

Esta es la última foto que le tomaron a mi hermana, días antes de la avalancha.

Última foto de Caro, días antes de la avalnacha.

Miren el cuadro detrás de mi hermana.

Ahora la foto

Ahora el cuadro.

Esta foto no la encontré hasta hace muy poco. Un día  buscando imágenes en google, después de las miles de imágenes de la niña Omaira, apareció esta, el pie de página dice: “gente de armero yéndose del lugar de los hechos”, parece una crónica policial, ellos: la víctima y la naturaleza: el victimario. Pero volvamos a las casualidades. Carolina no estaba posando para esa cámara, o estaba posando para varias, pero está demasiado casualmente de pie como para estar posado, el fotógrafo le hizo esta foto de improvisto, y escogió este encuadre, con ese cuadro al fondo, ese cuadro que siempre ha estado en la casa de mi familia, siempre ahí, silencioso, como todos los cuadros de una casa.  Pero a mí siempre me gritaba, quiero decir, es una imagen que nunca me dejaba impasible, la foto de Carolina la encontré un día antes de volver a Barcelona, mamá me confirmó que era una de las últimas fotos, sino la última, entonces grabé el cuadro, y un par de semanas después de volver a mi casa en Barcelona encontré esta foto en Internet. No quiero divagar mucho, pero Carolina le está dando la espalda a esa gente, no quiere ser ellos, sin embargo es ellos, ella es ellos.

Lo parecido de las dos imágenes me deja perplejo al mismo tiempo que me fascina.

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2 Respuestas a Imaginación y Casualidades.

  1. Hermes Torres dijo:

    La procesión, el niño, el perro, la misma fuga, la misma cuesta arriba…
    No deja de sorprender todo lo que las imágenes nos dicen, no hay que buscar más allá, todo está en la superficie. Las imagenes son evocadoras, son iluminadoras, nos comunican sentimientos pasados o por venir. Pero sobretodo nos gritan a viva voz que todo esta vivo e inter-relacionado.
    Me inquieta el rostro y la posición corporal de tu hermana, parece muy conmovida. Me da la sensación que carga con el peso de esa gente que sale de su nuca.

  2. Kelly Faremm dijo:

    Este no es un comentario para hablar de la foto y del cuadro, sobre los cuales hemos discurrido ampliamente tú y yo. Es con respecto a la reflexión primera sobre los hechos inventados y los hechos reales, y las relaciones que estos mantienen entre sí. Recuerdo nuestra conversación acerca de esto y mi reacia posición ante la idea de calificar el recuerdo inventado de «mentira», prefiriendo verlo más como un escenario, como un decorado que uno construye para situar en él un momento, una escena de la existencia.
    El extracto siguiente lo apunté en una exposición cuyo título ya no recuerdo en la Caixa Forum. Estaba firmada Nietzche y supuestamente extraída de una obra titulada «humano demasiado humano». No lo he comprobado. El texto en sí es un granito de arena al meollo de nuestras reflexiones comunes sobre estos temas.
    «El alivio de la vida.
    Aliviar la via es idealizar sus sucesos. Para esto, es menester tener idea clara de lo que es idealizar en la pintura: el pintor desea que la mirada del que contempla no sea ni muy exacta ni muy aguda, y esto obliga a colocarlo a cierta distancia; el pintor se ve forzado a suponer una distancia determinada y a admitir en el espectador un grado de agudeza de vista determinado, y acerca de estos puntos no tiene derecho a estar indeciso. Así, todo hombre que quiera idealizar su vida no debe mirarla muy de cerca sino a cierta distancia, como hacía Goethe.»
    El recuerdo inventado me evoca esa idea de distancia frente a la realidad: es recordar en una voz radiofónica -distante- palabras que nunca fueron efectivamente pronunciadas pero que brotaban de lo que sucedía en el entorno de un niño de 6 años: la familia -el padre, la infancia- se había vuelto -o iba a volverse de manera inminente y tal vez sólo en parte, fugazmente- un mar de silencio y soledad.

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