Una madrugada, después de ducharme y ponerme los vaqueros y aquel saco azul oscuro que nunca me gustó, fui hacia la habitación de mi madre porque la escuché sollozar, no la recordaba despierta nunca antes a esas horas, así que con algo de extrañeza me acerqué a su habitación (mi padre estaba en uno de sus numerosos viajes que jamás terminé de comprender). Sentada en la cama, con la luz de su mesa de noche encendida, mi madre cambió el sollozo por las lágrimas descontroladas, esto pasó al vernos a mi hermano mayor y a mi entrar en su habitación. En lágrimas nos dijo que llevaba toda la noche intentando hablar infructuosamente con mi hermana que estaba con su esposo en la casa del pueblo, y que hacía apenas unos minutos un piloto de avioneta agrícola había sido conectado en directo a la radio que estaba escuchando y había dicho que Armero, el pueblo, mi pueblo, nuestro pueblo, había desaparecido debajo de un mar de lodo; dijo textualmente “Armero es un mar de silencio y soledad”. Dejé mi pequeña mochila al lado de la gran cama de mis padres y me acosté en ella boca arriba, escuchaba llorar a mi madre pero no la veía, observaba el marrón oscuro del techo de su habitación, casi negro por la falta de luz, miraba, miraba y miraba, pero no lloraba.
Fue así como, a mis 6 años, el 13 de noviembre de 1985, me enteré de la desaparición de mi hermana, de mi casa y de mi pueblo.
Pasaron los días y ya habíamos perdido toda esperanza con la casa y con el pueblo, pero no con mi hermana, mi padre la siguió buscando entre los miles de sobrevivientes, unos amnésicos, otros completamente locos, muchos simplemente desolados, aterrados porque su pobreza había quedado en absolutamente nada. No sabría decir cuanto tiempo la buscó activamente, pero estoy seguro del momento en el que perdió toda esperanza.
El 13 de noviembre de 1988 estábamos conmemorando la fecha frente a las tumbas simbólicas de mi hermana Carolina y su esposo David que alguien había convencido a mi padre que pusiese (porque intuyo que él no lo estaba). Las tumbas fueron puestas en el lugar en el que creíamos que podía estar nuestra casa, no había una forma clara de establecer donde quedaba exactamente antes de la tragedia, ya que sólo el campanario de la iglesia y otros edificios como el hospital quedaban a la vista, así que un mapa imaginario, un reconstrucción mental de todos los sobrevivientes y familiares fue dejando miles de cruces y tumbas a lo largo y ancho de un valle desolado, haciendo un mapa de muertos no encontrados y calles y casas invisibles. Es poco claro para mi que hacíamos delante de las tumbas, tal vez alguien rezaba, otros lloraban, otros caminábamos alrededor sin saber muy bien que hacer. Lo que si tengo claro es que mi padre no miraba las tumbas, dirigía su ojos al horizonte, a ese mar de cruces y sueños naufragados que tanto había amado, y no sólo contemplaba los sueños de toda esa gente, también los suyos, esos sueños suyos que se quedaron ahí, en ese valle. A la hora de volver hacia los carros, mi padre decidió hacer un camino diferente, nos pidió que lo recogiésemos en la carretera, más adelante; algunos lo acompañaron, yo, con mi madre y otros más nos dirigimos al carro, sin embargo antes de subirnos para partir, un llamado, un grito, nos llegó desde el lugar en el que aquellos habían empezado a caminar, en dirección directamente opuesta a los carros. Era tal vez mi prima la que nos llamaba y pedía que fuésemos donde ellos estaban. A unos doscientos metros de las tumbas de mi hermana y su esposo encontramos a todo el grupo mirando una zanja en la tierra. Mi padre lloraba en silencio, sus lágrimas atravesaron mi cabeza de niño como un tren ruidoso, la zanja era un paso de agua abierto recientemente por una maquina, en el lecho del riachuelo improvisado debajo del agua cristalina estaba el suelo de lo que fue nuestra casa. El agua había limpiado el lodo de las baldosas que se amontonaban unas con otras, como los recuerdos que de ellas emanaban. Entonces vi como mi padre me miraba, por un segundo, tal vez menos, y tal vez en ese momento pensó que era hora de dedicarse a sus hijos todavía vivos, o tal vez Carolina le hizo más falta que nunca y su dolor de padre se intensificó, se profundizó, se convirtió en duelo. Lo cierto es que a partir de ese momento, para él, su hija estaba oficialmente muerta y por extensión para mi, que todo lo veía con los ojos de mi padre.

Este relato es bellísimo! quiero decir, triste y desgarrador pero bellamente escrito.
Que este relato se vuelva pronto imagen en movimiento.
Lo esperamos con ansia y alegria…
Iván,
No sabía que estabas haciendo esto…es muy conmovedor, muy intenso y el hecho de haber estado en el lugar del cual hablas, lo hace muy tangible.
Me encanta. Gracias por compartirlo.
A partir de hoy me apunto como seguidora de tu proyecto y de este blog.
Animo y abrazos.
Pill
Hola,
justamente me acabo de leer un libro editado en Colombia por ediciones Aurora, el libro se llama De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, escrito por Alberto Salcedo Ramos.
Se lo digo porque la última crónica es una entrevista a Ana Cecilia Vargas, una sobreviviente de Armero, quien tengo entendido que es abuela de María Isabel Rueda.
Puede que le interese, tiene su porcentaje de información valiosa y puede que le sirva… saludos
Me encanta el escrito Ivanito. No pare.
Gracias.
Iván: Tu como yo sabemos que en Armero la vida quedó inconclú.. y estos retazos de ausencias sin el eco del lamento que narras con fuerza de vida, esta prosa sentida da lugar a la resurrección, relatos tan necesarios para que tu proyecto continúe y pronto lo podamos ver en las imágenes que con profesional sensibilidad manejas …
Conmovedor. Iváncho, mucha suerte en este proyecto, espero poder apoyarte hasta la première de la película estando alli en ese día de estreno. Mientras tanto, fuerza, dedicación, energía y valentía! Beso y abrazo,
Es increiblemente conmovedor. Llega a lo más profundo. Sé que partiendo de ahí llegará al espectador sin lugar a dudas. Te deseo toda la suerte del mundo y que sigas trabajando en este proyecto que es…bellísimo
Hola Iván, me alegro por tu proyecto y me sumo a tu entusiasmo. Mucha suerte compañero. Un abrazo Oscar
Ay mi querido, me arrastraste a esa mañana que también recuerdo claramente.
Va un abrazo.
me parec el mejor comentario d ela noticia de ARMERO deverdad lo q ´paso es impactante
Karnal, me encanto el relato, sobretodo me dio mas sabor aun despues de habertelo escuchado en breve pero en cirecto. Es un parteaguas en la vida de uno cuando te detienes a revisar xq decidiste dedicarte a lo que uno se dedica para toda la vida y que ha sido lo que te marco…
Felicidades x afrontar el compromiso personal de esta manera.
Salu2
La constancia tiene premio.
Sigue, sigue que este camino vale la pena y que cuando se cierra una puerta se abren otras.
un abrazo
Cuando este desastre natural ocurrido, yo estaba viviendo en Sao José dos Campos SP Brasil.
Fue una inmensa tristeza, mató a 25.000 personas sin al menos una oportunidad de luchar por la vida.
Sería muy bueno si la humanidad frente a estos desastres y para prevenir otra tragedia para que no suceda así.
Creo que una producción absurda de las armas atómicas, y que el dinero podría ser invertido en la prevención de desastres.
Esta gente cuyos familiares desaparecieron en medio de la tragedia, mis condolencias, y los fabricantes de corruptos, los brazos y la succión del dinero público, mi desprecio.
Janir
Hola,
justamente me acabo de leer un libro editado en Colombia por ediciones Aurora, el libro se llama De un hombre obligado a levantarse con el pie derecho y otras crónicas, escrito por Alberto Salcedo Ramos.
Se lo digo porque la última crónica es una entrevista a Ana Cecilia Vargas, una sobreviviente de Armero, quien tengo entendido que es abuela de María Isabel Rueda.
Puede que le interese, tiene su porcentaje de información valiosa y puede que le sirva… saludos
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